Yihadistas en África
Javier
Aisa
2010
Otoño
Los
activistas de esta tendencia extremista del islamismo consideran que la yihad
es algo más que el esfuerzo individual y comunitario para difundir el islam.
Elevada a sexto pilar del islam, la yihad significa fundamentalmente la
utilización de la violencia para “liberar” a la umma (comunidad musulmana) de
quienes no aplican su interpretación radical y rigorista de la ley islámica y
con el objetivo de imponer la soberanía divina (hakimiya).
El yihadismo crece en África con decisión y
constancia. Primero en Egipto y el Magreb; después en el África del Sahel,
desde Somalia a Nigeria, donde el movimiento Boko Haram hace un llamamiento a
la yihad contra las tribus cristianas. Hace pocos días, varios atentados en
Uganda causaron la muerte a 74 personas. Sus autores proceden de las milicias Al Shabab (Juventud)
que prácticamente controlan la mayor parte del centro y del sur de Somalia,
incluida la capital Mogadiscio, desde hace dos años, en abierta lucha con el
Gobierno Federal de Transición, apoyado por Estados Unidos, la Unión Europea y
las fuerzas armadas de la Organización para la Unidad Africana. Precisamente,
Uganda integra este contingente y en la base de Bihanga acoge a los
instructores de la Unión Europea – incluida España - que forman a 2.000
soldados somalíes. En consecuencia, este país se ha convertido en uno de los
principales enemigos de Al Shabab.
El yihadismo se forja en los textos
de los egipcios Fárach y Al Zawahiri (luego, acompañante de Bin Laden); el
activismo de varios grupos radicales (Tafkir, Yihad...) en Egipto; y la
militancia intelectual del jordano Abd Allah Azzam. Esta yihad extrema obliga a
que todo musulmán advierta los peligros internos y externos que amenazan al islam – muchos
ciertos, pero también manipulados – ante los que es imprescindible el combate,
sea individual o mediante la creación de una vanguardia de convencidos y
milicias. Desde 1979, las tierras afganas son el campamento de formación, el
banderín de enganche de prosélitos y escenario de lucha directa - contra los
musulmanes e islamistas moderados y reformadores, los gobiernos corruptos y las
fuerzas occidentales – que sirven de ejemplo a las diversas y múltiples luchas
locales de los yihadistas. Según pasan los años, las diferentes yihad
locales - aisladas y sin apenas
relaciones - se extienden en focos internacionales. En 2001, con Al Qaeda, se
convierten en una tendencia global, que desborda los límites de los Estados y
se configura como una nebulosa de grupos dispuestos para el adoctrinamiento y
la acción violenta, que se reproducen, transforman y complementan.
Ahora atraviesan horas difíciles en
Asia Central, Iraq, Arabia Saudí y Yemen. Por tanto, necesitan exhibir su
poderío en acciones, logística y propaganda en África. Se aprovechan del
empobrecimiento crónico, la fragilidad política, los gobiernos corruptos y los
intereses extranjeros. En el norte de África, los Grupos Salafíes para la
Predicación y el Combate lideran la yihad insurreccional en el Magreb
argelino y establecen lazos con otros
núcleos en Marruecos, Túnez y Libia. Luego, han formado una red, reconocida por
Al Qaeda en 2006 como un movimiento afín, para lograr así legitimidad religiosa
y política y fortaleza organizativa y ofensiva: Al Qaeda del Magreb Islámico.
Pero, vencidos en el norte por las fuerzas de seguridad argelinas, los
activistas se repliegan y difuminan, con bases móviles y efectivos que se
nutren de bandas de traficantes, contrabandistas y de algunos grupos de
nómadas, en el triángulo que dibujan las fronteras de Malí, Níger, Argelia. En
el desierto del Sahel han sido asesinados en junio ocho militares y tres
guardias argelinos y todavía permanecen secuestrados los dos cooperantes
españoles.
El enfrentamiento armado está
servido en la región también por el incremento de las medidas de seguridad. Los
Estados Mayores de Libia, Burkina Faso, Malí, Mauritania, Níger, Chad y Argelia
han establecido una estrategia común contra el terrorismo y la delincuencia.
Estados Unidos y Francia apoyan con armamento y maniobras conjuntas (Flintlock
10, con presencia española). No obstante, los Estados africanos reclaman ayuda,
pero rechazan la creación de bases militares extranjeras para no perder
capacidad de liderazgo, soberanía y el control del territorio. El ejército
argelino encabeza el despliegue en el Sahel por su experiencia y eficacia desde
hace veinte años. Su decisión es clara: ninguna negociación - y la crítica
consiguiente a los gobiernos más débiles y proclives a posibles arreglos, como
Malí - y derrota de los yihadistas para evitar cualquier obstáculo en la
explotación de sus reservas de petróleo, gas y uranio, situadas precisamente en
el Sahel.
Por
desgracia, esta determinación convive con la consolidación de Estados más
autoritarios, que impiden el ejercicio libre de la oposición. En una escalada
de la tensión cada vez mayor, el reforzamiento de la seguridad proporciona más
bazas a los movimientos yihadistas violentos. Se perfila así un futuro
amenazador.