explicacion del blog

Este un blog creado por MAD ÁFRICA para analizar el actual conflicto que sufre el pueblo de Malí. Pretendemos dar a conocer a través de diferentes documentos una visión global del conflicto, sus origen y especialmente las repercusiones políticas, económicas y especialmente sociales de esta situación

miércoles, 30 de enero de 2013


Yihadistas en África

Javier Aisa
2010 Otoño


Los activistas de esta tendencia extremista del islamismo consideran que la yihad es algo más que el esfuerzo individual y comunitario para difundir el islam. Elevada a sexto pilar del islam, la yihad significa fundamentalmente la utilización de la violencia para “liberar” a la umma (comunidad musulmana) de quienes no aplican su interpretación radical y rigorista de la ley islámica y con el objetivo de imponer la soberanía divina (hakimiya).
             El yihadismo crece en África con decisión y constancia. Primero en Egipto y el Magreb; después en el África del Sahel, desde Somalia a Nigeria, donde el movimiento Boko Haram hace un llamamiento a la yihad contra las tribus cristianas. Hace pocos días, varios atentados en Uganda causaron la muerte a 74 personas. Sus autores  proceden de las milicias Al Shabab (Juventud) que prácticamente controlan la mayor parte del centro y del sur de Somalia, incluida la capital Mogadiscio, desde hace dos años, en abierta lucha con el Gobierno Federal de Transición, apoyado por Estados Unidos, la Unión Europea y las fuerzas armadas de la Organización para la Unidad Africana. Precisamente, Uganda integra este contingente y en la base de Bihanga acoge a los instructores de la Unión Europea – incluida España - que forman a 2.000 soldados somalíes. En consecuencia, este país se ha convertido en uno de los principales enemigos de Al Shabab.
            El yihadismo se forja en los textos de los egipcios Fárach y Al Zawahiri (luego, acompañante de Bin Laden); el activismo de varios grupos radicales (Tafkir, Yihad...) en Egipto; y la militancia intelectual del jordano Abd Allah Azzam. Esta yihad extrema obliga a que todo musulmán advierta los peligros internos  y externos que amenazan al islam – muchos ciertos, pero también manipulados – ante los que es imprescindible el combate, sea individual o mediante la creación de una vanguardia de convencidos y milicias. Desde 1979, las tierras afganas son el campamento de formación, el banderín de enganche de prosélitos y escenario de lucha directa - contra los musulmanes e islamistas moderados y reformadores, los gobiernos corruptos y las fuerzas occidentales – que sirven de ejemplo a las diversas y múltiples luchas locales de los yihadistas. Según pasan los años, las diferentes yihad locales  - aisladas y sin apenas relaciones - se extienden en focos internacionales. En 2001, con Al Qaeda, se convierten en una tendencia global, que desborda los límites de los Estados y se configura como una nebulosa de grupos dispuestos para el adoctrinamiento y la acción violenta, que se reproducen, transforman y complementan.
            Ahora atraviesan horas difíciles en Asia Central, Iraq, Arabia Saudí y Yemen. Por tanto, necesitan exhibir su poderío en acciones, logística y propaganda en África. Se aprovechan del empobrecimiento crónico, la fragilidad política, los gobiernos corruptos y los intereses extranjeros. En el norte de África, los Grupos Salafíes para la Predicación y el Combate lideran la yihad insurreccional en el Magreb argelino  y establecen lazos con otros núcleos en Marruecos, Túnez y Libia. Luego, han formado una red, reconocida por Al Qaeda en 2006 como un movimiento afín, para lograr así legitimidad religiosa y política y fortaleza organizativa y ofensiva: Al Qaeda del Magreb Islámico. Pero, vencidos en el norte por las fuerzas de seguridad argelinas, los activistas se repliegan y difuminan, con bases móviles y efectivos que se nutren de bandas de traficantes, contrabandistas y de algunos grupos de nómadas, en el triángulo que dibujan las fronteras de Malí, Níger, Argelia. En el desierto del Sahel han sido asesinados en junio ocho militares y tres guardias argelinos y todavía permanecen secuestrados los dos cooperantes españoles.
            El enfrentamiento armado está servido en la región también por el incremento de las medidas de seguridad. Los Estados Mayores de Libia, Burkina Faso, Malí, Mauritania, Níger, Chad y Argelia han establecido una estrategia común contra el terrorismo y la delincuencia. Estados Unidos y Francia apoyan con armamento y maniobras conjuntas (Flintlock 10, con presencia española). No obstante, los Estados africanos reclaman ayuda, pero rechazan la creación de bases militares extranjeras para no perder capacidad de liderazgo, soberanía y el control del territorio. El ejército argelino encabeza el despliegue en el Sahel por su experiencia y eficacia desde hace veinte años. Su decisión es clara: ninguna negociación - y la crítica consiguiente a los gobiernos más débiles y proclives a posibles arreglos, como Malí - y derrota de los yihadistas para evitar cualquier obstáculo en la explotación de sus reservas de petróleo, gas y uranio, situadas precisamente en el Sahel.
Por desgracia, esta determinación convive con la consolidación de Estados más autoritarios, que impiden el ejercicio libre de la oposición. En una escalada de la tensión cada vez mayor, el reforzamiento de la seguridad proporciona más bazas a los movimientos yihadistas violentos. Se perfila así un futuro amenazador.

Malí, malestar de África
Javier Aisa
Marzo 2012

El golpe de Estado en Malí no tenía futuro tras la condena y el  embargo impuestos por los países vecinos de la Comunidad Económica de Estados del África Occidental (CEDEAO), apoyada por Francia, antigua potencia colonial. La junta del capitán Sanogo pretendía contrarrestar la insurrección de los tuaregs. Pero sus milicias han aprovechado el caos para llegar hasta Tombuctú, encrucijada religiosa, cultural, de las redes comerciales y de las migraciones que atraviesan el Sáhara. Sin experiencia, liderazgo y alianzas políticas internas, el directorio militar ha sido aislado y derrotado. La quiebra del Estado maliense exige unidad y fortaleza frente a la independencia de Azawad, el “territorio de la trashumancia”, declarada por los insurgentes tuaregs en la mitad norte del país.
            La mínima beligerancia del presidente derrocado, Amadou Toumani Touré (ATT) ante los rebeldes y el narcotráfico y el desvío de los fondos para la guerra figuran entre las causas del golpe. Sin embargo, esta crisis refleja otros problemas más profundos de Malí, trasladables a buena parte de África: estados patrimoniales, militarismo, empobrecimiento e injerencias extranjeras.
            ATT acabó en 1991 con la dictadura de 23 años dirigida por Moussa Traoré. Cambió el uniforme por el traje de civil y ganó dos elecciones desde 2002. Emprendió reformas y planes de desarrollo. El multipartidismo sustituyó al partido único. Pero, al cabo de los años, la “política del consenso” de ATT ha hecho retroceder la democracia. Nuevas burocracias provocaron clientelismo. Los pactos fagocitaron a casi toda la clase política y consolidaron un estado paternalista. Con la excusa de que la construcción nacional requiere unanimidad, las voces discordantes desaparecieron por la fuerza. La máxima africana “no puede haber dos caimanes machos en un solo brazo de un río” se  impuso en Malí sobre la tesis de que la democracia y el buen gobierno exigen una oposición sólida y viva.
            Muchas fronteras de África separan culturas, etnias, clanes y formas de vida. Son el resultado artificial de una descolonización destinada a crear estados frágiles y dependientes para que las metrópolis mantuvieran su influencia política y económica. Sucede en Malí, donde los gobiernos centralizadores de Bamako han marginado a la población tuareg: problemas de acceso al empleo en la administración; abandono cultural; juventud sin trabajo; precariedad en las condiciones de vida y escasa representación institucional. La salida de los tuaregs ha sido proclamar la ruptura del país.
El principio de inmovilidad de las fronteras podría variar; dado que los procesos de descolonización obedecieron a intereses de las potencias occidentales y de las nuevas elites africanas, no tanto a decisión libre de sus poblaciones. Francia manejó el proyecto de un Estado sahariano que incluyera Malí, Níger, Chad y el sur de Argelia. Eritrea y Sudán del Sur son Estados recientes reconocidos internacionalmente. En Somalia, Puntlandia y Somalilandia van por libre. No obstante, la disgregación de los actuales países africanos también puede acarrear más conflictos que ventajas: desplazamientos forzados; violencia; regímenes étnicos y religiosos excluyentes que nieguen los derechos de ciudadanía de todas las poblaciones en igualdad de condiciones; dificultades para una integración económica y nuevas dependencias de potencias más poderosas.
Los militares africanos son actores principales por su organización jerárquica y el control de las armas. Desde las independencias hace 51 años ha habido 34 golpes de Estado en África Occidental. La excusa de salvar la república ha permitido restaurar autocracias. Son sinónimo de represión de sus pueblos y actúan al dictado de los líderes de sus clanes. En Malí la oficialidad se hereda y el reclutamiento busca obtener un trabajo para salir del paro y no a la convicción de que la tarea de las fuerzas armadas es defensa nacional. La tensión entre los oficiales de alta graduación con los soldados y los mandos de menor rango es evidente: ningún comandante, coronel y general se sumaron al golpe.
El 51 % de la población maliense sobrevive con un 1,25 dólares. Sin embargo, Malí dispone de recursos. Es el primer productor de algodón al sur del Sáhara y 12º mundial. La agricultura y la ganadería son importantes y el oro representa el 75 % de sus exportaciones. Pero muchos productos se destinan a la exportación en vez de al comercio local y la autosubsistencia. La devaluación del franco CFA (final de los 90) obstaculizó la acumulación de capital para invertir en un desarrollo endógeno. Los ajustes estructurales, exigidos por las instituciones financieras, liquidaron empresas públicas y subvenciones a los alimentos. Las compañías extranjeras no reinvierten en Malí sus beneficios. Han completado la pobreza el hundimiento de los precios del algodón en 2005; la corrupción y el descenso de las remesas de la emigración por la crisis económica en Europa. A pesar de todo, destacan iniciativas de cooperación internacional: entre 2008 y 2011, Navarra ha destinado alrededor de 2,3 millones de euros para ocho proyectos de cuatro ONGds, dedicados a salud, enseñanza e infraestructuras.
La prioridad de los estados vecinos y de Francia es garantizar la seguridad regional. El primer paso ha sido pactar con los sublevados y traspasar el poder al presidente de la Cámara, como señala la Constitución. Se perfila la creación de una zona de interposición en la frontera  marcada por el levantamiento en el norte de Malí. Habrá que negociar la independencia de Azawad, aunque es un hecho consumado, difícil de evitar salvo con otra guerra abierta. La CEDEAO intenta organizar una fuerza de 3.000 soldados para intervenir contra los yihadistas. No es tan sencillo. Faltan medios, una tradición militar común y dinero. París aseguraría la logística, a cambio de una base en Malí, pero debe limitar sus exigencias porque peligraría la vida de sus nacionales secuestrados. Argelia rechaza las injerencias en su zona de influencia y exige el mando para impedir que esta región se parezca cada vez más a las zonas tribales afgano-pakistaníes.
El Sahel aparece ya como un escenario en disputa. Mejor sería que los recursos para los despliegues armados se destinaran a prevenirlos y a contener la hambruna que empieza a extenderse por aquellas tierras.

¿Intervenir en el Sahel?
Javier Aisa
Otoño 2012

Sahel significa costa y nombra al espacio geográfico, del Atlántico al Mar Rojo, que comunica el sur del Magreb con el África subsahariana. En gran parte desierto y población esencialmente nómada, fue ruta comercial del norte al sur y de las caravanas de los reinos africanos hacia el Mediterráneo. Ahora se ha convertido en un polvorín, devastado además por la sequía. Por el Sahel circulan el 40 % del tráfico de drogas del mundo; miles de inmigrantes, muchos prácticamente esclavos; y decenas de grupos extremistas dedicados al contrabando, el secuestro y el terrorismo. La acción de estas milicias - con denominaciones referidas a la fe, islam, yihad... como forma de propaganda y principios retóricos - se extiende por Malí; sur de Argelia; norte de Níger y Nigeria; Mauritania y hasta Somalia. Su intención es ganar la disputa en el seno del islam sobre la interpretación del mensaje profético, los textos sagrados, la ley islámica y su aplicación en la vida diaria. Los yihadistas predican una soberanía divina omnipresente y totalizadora, a partir de la unicidad de Dios en su pureza más absoluta, que exige obediencia y sometimiento. Para ellos no caben las expresiones del islam popular magrebí, tejido de cofradías y morabitos de la mística sufí, del culto a los santos y del apego a las costumbres locales, sincréticas con la religión musulmana. La supremacía de estos radicales ha aumentado por los suministros y fondos procedentes de algunos países del Golfo, que buscan ampliar su peso económico, comercial y religioso. Pero, asimismo, porque han logrado penetrar en la religiosidad de las gentes y controlar sectores de la economía básica regional, mediante una cuota en todo tipo de tráficos, secuestros y blanqueos de dinero.
El 7 de julio se reunieron en la capital de Burkina Faso las autoridades de los países de la Comunidad Económica de los Estados de África del Oeste. Su decisión es intervenir militarmente en el norte de Malí para contener la amenaza extremista. Francia prestaría ayuda logística y diplomática. Ahora bien, ninguna guerra es desinteresada y crea más problemas que soluciones justas. El gobierno galo pretende recomponer la antigua red Françafrique, un complejo sistema de relaciones políticas y económicas para obtener mejores contratos en la explotación de la minería, los hidrocarburos y la distribución de los recursos agrícolas. La posibilidad de abrir una base militar en el norte de Malí es una razón más para esta colaboración. Por otro lado, los estados de la CEDEAO y sus dirigentes aspiran a mayor protagonismo; legitimidad internacional, cuando muchos son regímenes democráticos sólo de fachada; y, en definitiva, supervisión del proceso de transición de Malí. Exigen un gobierno más presidencialista y bloquean acuerdos de pacificación desde la base social y no entre las elites. Por este motivo, la población y los partidos y asociaciones malienses están divididos respecto a la intervención. EE.UU. ha mostrado sus reservas en un momento electoral y de ahorro de gastos militares en el exterior. Otras dificultades evidentes son la escasa preparación de los ejércitos de estos países africanos; la falta de medios materiales y económicos y la ausencia de un proyecto político y de desarrollo globales para toda la región. Tampoco existe un liderazgo creíble. Esta previsible injerencia armada crearía más violencia, porque los radicales religiosos han anunciado nuevos atentados en las capitales de los países que participen y más grupos tuaregs (Níger) podrían sumarse a la rebelión.
Argelia es el estado más fuerte en poder económico y militar y en capacidad diplomática. Contrario a intervenir, ha optado por negociar.  Propone una conferencia nacional, que inicie una dinámica democrática, con gobiernos más representativos e integración real de las identidades étnicas  y la implicación de todos los actores, especialmente el MNLA tuareg y los radicales de Ansar Dine. Su intención es que el movimiento tuareg se desligue completamente de los yihadistas locales y que éstos rompan sus conexiones con Al Qaeda del Magreb, auténtico enemigo de Argelia. El presidente Buteflika quiere evitar que una operación armada provoque un caos regional similar al de Libia y que la presencia de potencias occidentales quiebre la soberanía e independencia de las instituciones africanas. Los únicos límites en este proceso son el respeto a la integridad territorial y la renuncia al terrorismo. La liberación de los empleados consulares en Gao y de los cooperantes confirma que la opción pacificadora es realista y positiva.
Sin embargo, en el Sahel asistimos a un riesgo mayor: faltan alimentos para 19 millones de personas. Esta nueva crisis humanitaria es el resultado de una sequía insoportable y de cosechas mínimas.  Tiene causas más profundas, provocadas por errores en los modelos de desarrollo: los gobiernos son incapaces de acumular reservas agrícolas para los años de escasez; los mercados internacionales incrementan cada vez más los precios de las semillas y de los productos básicos y la irrigación no se realiza de forma adecuada. La inseguridad regional por la hegemonía de las facciones armadas agrava la situación. Por lo tanto, sí que debemos exigir una intervención pacífica allí. Con un propósito imprescindible: contrarrestar el hambre que ya comienza a devastar la región 

¿Qué se está jugando Francia en Mali?

En Lucha


El presidente de Francia, François Hollande, del Partido Socialista francés, declaró en relación a la intervención militar en Malí que “no estamos defendiendo ningún tipo de interés político o económico en Malí, defendemos simplemente la paz”. Y para dotar de mayor concreción a su cruzada pacifista, Hollande ha asegurado que la operación bélica “durará lo que sea necesario para disipar la amenaza terrorista”. Así, de nuevo, los halcones se hacen pasar por palomas para reavivar la doctrina de la “guerra contra el terror”.
La espectacular toma de rehenes de la planta de gas argelina quizás haya contribuido a reforzar la imagen sesgada del terrorismo en el imaginario colectivo. Sin embargo, también ha señalado una de las claves del conflicto: los recursos naturales del norte de África. Como todas las incursiones occidentales en el continente, detrás de la grandilocuencia de palabras como “civilización”, “progreso” o “paz”, sólo había intereses económicos.
En el caso de Francia, las empresas galas están muy bien posicionadas en sectores importantes de la economía malí. La compañía Orange controla el sector de la telefonía, Dagris cuenta con una posición privilegiada tras la privatización del monopolio estatal Compañía Malí para el Desarrollo del Textil (aportaba el 15% del PIB) y Bouygues domina el sector eléctrico y una parte importante de la minería del oro –Malí es el tercer productor de oro de África–. Por cierto, la ONG Human Rights Watch denuncia que en la minería malí se trabaja con mano de obra infantil –hasta 40.000 menores de edad– y en condiciones de extrema precariedad, sin que Francia haya movido un dedo para remediarlo.
Tratamiento aparte merece el caso de Areva, gigante estatal de la producción de uranio. La compañía francesa explota dos grandes yacimientos en el norte de Níger –vecino de Malí–, de donde extrae el 30% del uranio que consume Francia. El país galo, además, es el país que más depende de la energía nuclear –el 70% de la electricidad proviene de esta fuente. Las prospecciones indican que en el norte de Malí, cerca de la frontera con el Níger hay cuantiosos yacimientos de uranio.
En 2007 un levantamiento tuareg fue aprovechado por el gobierno de Níger para acabar con el monopolio francés del uranio –acusaron a Areva de estar detrás de la insurrección. No es de extrañar que la rebelión tuareg de enero de 2012, en la que tomaron el norte de Mali y que ha desencadenado los hechos posteriores, haya propiciado la oportunidad de remendar el error que cometieron entonces. Ahora Francia interviene directamente porque quiere asegurarse su influencia tras el conflicto.
A Hollande le interesa hablar de un concepto monolítico de “terroristas” cuando se refiere a las diferentes milicias que batallan por el norte de Mali, pero lo cierto es que la composición étnica es muy compleja –a causa de las fronteras artificiales del colonialismo–, aunque la mayoría son musulmanes con diferentes interpretaciones del islam. Aquí, la “guerra contra el terror” es el hijo natural que la historia del colonialismo y el imperialismo ha engendrado, aspecto que trataremos en el siguiente número del periódico En lucha.
La guerra en Mali será larga –ahora con Francia y, luego, ésta junto con algunos países africanos–, pero no podrá acabar bien. Primero, devastará un país ya de por sí depauperado, especialmente tras la crisis de la deuda de los 80 y los planes de austeridad neoliberales del FMI y el Banco Mundial, que multiplicaron por 30 la deuda del país. Segundo, va a alimentar todavía más el odio hacia los países occidentales, lo cual puede propiciar nuevos ataques armados contra la población civil. Y tercero, si Hollande consigue sus objetivos, en nada va a beneficiar a la mayoría de la población europea, africana y mundial; solo a una minoría que va a poder hacer más negocio sobre la tierra quemada que habrá dejado la guerra.
Porque en el fondo, ésta es una guerra imperialista más. Es decir, en un contexto de creciente competencia económica en el continente africano –recordemos que China se está posicionando rápidamente en el este y el centro de África– las antiguas potencias coloniales, cuando no tienen con quien negociar, no dudarán en utilizar sus armas para defender su expolio de los recursos naturales y su acceso a los mercados africanos. Es decir, la guerra como continuación de la política capitalista.
Luis Zhu es militante de En lluita / En lucha.
http://enlucha.org/site/?q=node/18206

martes, 29 de enero de 2013

La guerra que intentan ocultar
JOSÉ NARANJO
Mopti 28/01/2013
Hace sólo dos semanas publiqué un post en este mismo blog llamado “Una guerra sin focos (por ahora)”, en la que denunciaba el bloqueo informativo sobre el conflicto de Malí. Ahora que la guerra está un momento clave, ahora que Gao y Tombuctú están siendo “liberadas” y que se persigue a los yihadistas “puerta a puerta”, hay que decir que aquellos primeros temores se han confirmado por completo. Francia oculta esta guerra y la represión que trae consigo y Malí se limita a seguir, encantada de la vida, las consignas que emanan de la Quai d’Orsay.

Malí y Argelia entre dos fuegos
Javier Aisa
Enero 2013

Argelia no quería implicarse militarmente en el conflicto de Malí porque defiende que los asuntos de las poblaciones africanas deben solucionarlos los Estados africanos. . Su opción ha sido era impulsar negociaciones políticas y no acciones militares. Muchas veces ha ejercido como mediador entre los nómadas del desierto y el régimen de Malí y, ahora, con los tuaregs del Movimiento del Azawad y de Ansar Dine (yihadistas). Todos los presidentes argelinos han rechazado las ambiciones francesas de establecer más bases militares, especialmente en el Sahel - patio trasero de Argelia – y de controlar los recursos de hidrocarburos y minerales. Los argelinos se sienten orgullosos de su guerra de liberación contra la metrópoli entre 1954 y 1962 y reclama ser protagonista principal en la zona sin que Francia maneje sus asuntos. Francia y Estados Unidos han tachado a Argelia de ambigüedad, de no querer asumir sus responsabilidades como potencia regional, entre ellas blindar los 1.200 kilómetros de su frontera sur.
            Pero las presiones han sido más fuertes que el equilibrio de la administración de Buteflika. El presidente argelino ha cedido, con gran enfado de la oposición. De entrada autorizó que la aviación gala surcara su espacio aéreo. Quizá porque no quiere quedarse sin jugar en la partida desencadenada, que le podría impedir luego ofrecer una solución política si la situación bélica se complica. También, porque en su proceso de reafirmación del Estado y su futuro (la salud de Buteflika no es buena) prefiere no arriesgarse a que Francia y EE.UU. establezcan lazos con los opositores, que reclaman más reformas y libertades.
            No obstante, el límite  entre la paz y la violencia estaba claro: que los grupos yihadistas no actuaran en el interior de Argelia. Para eso contuvo y venciór a los Grupos Salafíes de Predicación y Combate, antecesores de la actual Al Qaeda en el Magreb Islámico. Ahora, la crisis de los rehenes desarrollada en una de sus estratégicas factorías de petróleo y gas le ha estallado en las manos. Su intervención violenta ha demostrado decisión y fuerza. Pero la provocación ha cumplido su propósito: quebrar la política conciliadora de Argelia, con la satisfacción consiguiente de los partidarios de la operación militar de Francia. Los intereses que se desprenden de esta situación pueden ser múltiples y contradictorios, especialmente si el régimen argelino amplía la actuación de su ejército. Quedará apegado a las maniobras de Francia y perderá independencia. Además, conseguirá que se extiendan las protestas en el país por implicarse en una guerra, considerada por buena parte de los argelinos como una nueva aventura neocolonial francesa, que puede incendiar todo el Sahel y afectar a la economía y a las fronteras de toda la región.

En Malí  y en el Sahel, el yihadismo – sea africano o llegado de otros países musulmanes – ha demostrado la naturaleza de esta tendencia religiosa y política. No es una ideología emancipadora, sino más bien profundamente reaccionaria. Instrumentalizan la religión para imponer violentamente una visión dogmática y penalizadora del islam y de la chari'a. Purificadores impíos, son los primeros enemigos del islam auténtico, popular, tradicional, arraigado en símbolos, mezquitas, mausoleos de los santos, peregrinaciones y en las costumbres locales de esta región. Obedecen las predicaciones de imames extremistas y rigoristas, en su intento de tener la hegemonía en el Islam. Están adiestrados en Afganistán e Irak y se financian con los rescates obtenidos de los secuestros, el tráfico de drogas (un impuesto de 30.000 euros a las caravanas) y  a través de varias fundaciones de los emiratos del golfo arábigo y de Pakistán. Estos grupos - que elevan la violencia de un yihad falso a sexto pilar islámico - se benefician del desastroso empobrecimiento de los países del Sahel. De esta manera, reclutan a muchos jóvenes sin trabajo ni recursos, que así logran un botín mensual de 1.000 dólares. Aunque las organizaciones yihadistas proclamen su obligación de luchar contra los infieles extranjeros, tienen la responsabilidad de haber desencadenado la respuesta francesa y participan, al final, de las intenciones estratégicas que tiene esta intervención militar.
            Además de muertos y destrucción de infraestructuras, la guerra genera mucha más pobreza; desplazamientos forzosos; malos tratos sobre todo contra las mujeres y frena la recuperación económica y las reformas políticas en Estados frágiles y rotos como Malí, Níger, Chad, Sudán, Somalia y norte de Nigeria. Refuerzan el autoritarismo y los negocios más sucios de dirigentes, jefes militares y negociantes sin escrúpulos.
            Sin embargo, condenar a los yihadistas y buscar su desaparición, no debería equivaler a estar de acuerdo con la política y la acción militar francesa en la región.

La guerra existe en Malí porque el país padece varias crisis al mismo tiempo, que le han convertido en un escenario descompuesto e inestable. Es un país empobrecido (el lugar 157 de 187 países en el IDH), a pesar de su riqueza agrícola, minera y un potencial enorme en la explotación de hidrocarburos. Los planes de ajuste estructural en los años 90 acarrearon que la economía local de subsistencia, basada en el mercado interno, quedara sometida a modelos exportadores con precios fijados a la baja en los mercados mundiales. Con el despilfarro y la corrupción de los dirigentes -  algunos implicados en el tráfico de droga (de 40 a 80 toneladas) desde el golfo de Guinea - desaparecieron muchos ingresos. Las exigencias de las instituciones internacionales provocaron que el Estado perdiera recursos para apoyar los servicios públicos y evitar el incremento de los productos básicos.
            Las elites políticas se alejaron cada vez más de la mayoría de la población – sin recursos y marginada – y la democratización del Estado resultó ahogada en una “política del consenso”, impuesta por ATT, el presidente derrocado en marzo del año pasado, que obstaculizaba la libertad de opinión y la disidencia. La centralización del Estado tampoco reconoció los derechos sociales y culturales de los tuaregs en el norte, que  protagonizaron varios levantamientos y, en abril de 2012, declararon la independencia de El Azawad, aunque se olvidaron de la diversidad étnica de otros pueblos que viven allí.
            Después de la rebelión de los oficiales de menor graduación, liderados por el capitán Sanogo, contra los generales, el presidente incapaz y los políticos inmorales, los países vecinos agrupados en la CEDEAO decretaron un embargo y frenaron el golpe. El proceso de transición establecido como un acuerdo de todas las fuerzas políticas para lograr unas elecciones libres apenas ha dado resultados. Sanogo decide en los asuntos militares y presiona en los políticos, aunque el ejército está profundamente dividido entre los oficiales de infantería y los paracaidistas y las deserciones representan la tercera parte de los 15.000 efectivos.  El presidente interino Diocounda Traoré, y el primer ministro, Modibo Diarra, obligado a dimitir por los militares y sus afines, no han cumplido las expectativas y atienden más a su imagen internacional que a los problemas de la población maliense.
            Sólo el llamamiento a que Francia actúe contra el enemigo principal que son los yihadistas y para recuperar la integralidad de Malí une a los políticos en el poder y en la oposición y a la mayoría de la población. París y la CEDEAO pretenden legitimar su intervención en este consentimiento, aunque signifique una pérdida de soberanía para Malí y la consolidación de su dependencia exterior.

El presidente francés, Hollande, se desvinculó en una reunión en la capital de Congo, Kinshasa, de las prácticas de la vieja “Françafrique”. Este sistema de relaciones ha sido un conglomerado de influencias y presiones políticas y de beneficios financieros y comerciales, en alianza con los Estados africanos, cuyas autoridades obtenían grandes ganancias, a cambio de ceder soberanía política y económica en favor de la antigua metrópoli francesa. En varias ocasiones declaró su preferencia por una acción militar de tropas de la CEDEAO africana, con mandado de la ONU, y en que el Hexágono sólo ofrecería entrenamiento y apoyo logístico. Entre las palabras y los hechos, el cambio ha sido esencial.
            Hollande ya no aparece como un líder débil e indeciso, sino firme y poderoso. Ha movido sus fichas rápido, antes de que se perdiera en el tiempo la operación conjunta estrictamente continental y no se llevara cabo. Incluso, en términos de competencia, otra de sus intenciones es demostrar a EE.UU., aspirante a situar su Comando para África (Africom) en Malí, que en un país sometido a la órbita gala, únicamente Francia puede disponer de una nueva base, que sumar a las de Gabón, Costa de Marfi, Chad, Centroáfrica, Yibuti...) 
            El delirio de los yihadistas le ha servido en bandeja la justificación que necesitaba para renovar y consolidar su presencia en África, esta vez con la intervención (la 50ª después de las independencias) en una guerra abierta. Que sea imprescindible contrarrestar la violencia yihadista no debe ocultar que la presencia militar directa permite también garantizar los intereses e inversiones de las empresas francesas en la región. Es un planteamiento de la seguridad que agrupa medidas contraterroristas; acceso más conveniente a contratos de explotación de  yacimientos de hidrocarburos y minerales (Touadenni, Tamesna, Iullemeden, Nara, Gao); ventajas en el comercio de materias primas y manejo de la política monetaria de los países de la zona del franco CFA. Nada nuevo, sino la continuación de la arrogante y pesada supremacía de Francia en África.
            En definitiva, la denominación exacta es neocolonialismo y no solidaridad.

lunes, 28 de enero de 2013


Segú, Mali. Para justificar la intervención “precipitada” de Francia en Mali, el presidente François Hollande habló, el viernes 11 de enero, de una situación catastrófica debida a la pérdida de Konna, situación que amenazaba al ejército maliense, y abrió el camino de la capital Bamako a los muyahidines.

La intervención francesa alivió al Estado maliense pero al confrontar hechos, cifras y otros datos, está claro que persigue un objetivo oculto a juzgar por las informaciones procedentes de Mali.

La situación en Bamako.

Los días anteriores al ataque de los muyahidines contra Konna un ambiente pre-insurreccional se instaló en Bamako, la capital, y en Kati, ciudad de guarnición a quince kilómetros de Bamako y feudo de los militares golpistas. Las escuelas secundarias y superiores vieron sus estudiantes boicotear las clases y salir a las calles para exigir la renuncia del presidente interino y el envío de tropas al norte.
 Al mismo tiempo, en la ciudad de Koutialla, los opositores a una intervención extranjera en Mali organizaron un mitin en el que se anunció la presencia del capitán Sanogo, jefe de los militares golpistas del 22 de marzo. Esta concentración formaba parte de una campaña para llevar al mismo  Amadou Haya Sanogo a la presidencia. A pesar del anuncio, no estuvo presente en el acto.
 Estudiantes y policías se enfrentaron violentamente durante dos días en Bamako y Kati, mientras un intento aislado de saqueo fracasó en Bamako. Un vehículo con hombres armados circuló por la ciudad y extorsionó a comerciantes antes de asaltar una gasolinería. Fueron rápidamente arrestados por la policía, pero se puede preguntar cuáles eran sus intenciones. El caos está cerca.
El ambiente pre-insurreccional llevó al gobierno maliense a suspender las clases en las escuelas de Bamako y Kati y a denunciar, en varios comunicados, las acciones de alborotadores, quienes manipularían a la juventud.
La instabilidad que se estableció desde el golpe de estado del 22 de marzo de 2012 en Bamako, donde el poder efectivo está compartido entre diversas facciones, empeoraba de manera peligrosa, y una facción contraria a la intervención extranjera podía llegar a tomar el control, una perspectiva que seguramente preocupó a los aliados de la transición dirigida por la Comunidad Económica de Estados de África Occidental (CEDEAO).

Las negociaciones de Uagadugú
Los muyahidines también tenían su propia agenda. En Uagadugú (Burkina Faso) comenzaron negociaciones entre el gobierno maliense y dos grupos rebeldes tuaregs, Ansar Dine (muyahidin) y el Movimiento Nacional por la Liberación del Azawad (independentista) con base en un alto al fuego obtenido en Argel.
 Para denunciar el rechazo del gobierno maliense a la instauración de una república islámica en todo el país, los muyahidines de Ansar Dine rompieron el alto al fuego. Aatacaron hacia el sur, sin duda con el objetivo de conquistar las ciudades de Mopti, en el centro del país, o Nionno, al oeste, y la neutralización del aeropuerto de Sévaré, crucial para el despliegue de las tropas y material para la reconquista del norte.
 Es posible pero indemostrable que están -una vez- más aprovechando la situación en Bamako para regresar a las mesas de negociaciones de Uagadugú con un nuevo éxito militar.
Los combates en el norte de Mali
Los primeros combates ocurrieron en Konna, puesto avanzado del ejército maliense antes de Mopti, y el destacamento tuvo que parar el combate ante la potencia de fuego de los muyahidines. Francia habló de un “fracaso mayor” del ejército maliense para justificar su intervención, pero las cifras mencionaron 11 soldados malienses muertos en Konna, lo que no parece una gran derrota.
Lo cierto es que el camino está abierto para que los muyahidines avancen más al sur, pero la escasez de sus efectivos ( 3 o  4 mil hombres?) y la falta total de apoyo de la población maliense les plantean graves problemas. Controlar un territorio dos veces más grande que Francia con una población de un millón y medio (de los cuales 400 mil se refugiaron fuera de la zona) y con un apoyo popular significativo es algo. Imponerse a 12 o 13 millones de personas hostiles y mantener el control sobre varias ciudades de más de cien mil habitantes (Mopti, Ségou, Nionno) es otra cosa.
La toma inevitable de la ciudad de Bamako por los muyahidines y el fracaso “mayor” del ejército maliense en Konna aparecen entonces como una tapadera bajo la cual Francia se esconde para controlar la transición maliense e imponer su solución.
La hoja de ruta de la transición
 Francia y la CEDEAO pueden ahora consolidar la transición en el sur de Mali, ayudados por la media vuelta del capitán Sanogo, figura principal de la oposición. Gozan del apoyo de la mayor parte de la población, cuando hacía poco tiempo estaba muy presente la oposición a un despliegue de tropas extranjeras y se amenazaba con una guerra civil en caso de que ocurriera.
La decisión de poner a Mali en “estado de emergencia” permite ahora que su gobierno declare que no tolerará cualquier acción o manifestación en su contra. Las tropas extranjeras se desplegarán en el sur para contener el riesgo de una explosión de violencia y protesta.
El proyecto de organizar una asamblea nacional de las fuerzas vivas de Mali para dar más contenido y consenso a la hoja de ruta, asamblea exigida por todas las fuerzas políticas malienses, está por desaparecer. Asistimos a cierta forma de golpe de Estado, pero esta vez con la aprobación de la comunidad internacional y dirigido por Francia. Seguramente veremos la exclusión de uno u otro ministro en desacuerdo pero la clase política de Mali no es conocida por su sentido de Estado.
El después
La lucha en el Norte se anuncia larga y difícil. Los primeros éxitos aéreos franceses ocurrieron contra muyahidines que se comportaban como un ejército regular. El ataque contra el importante convoy muyahidín que se dirigía a Sévaré después de la toma de Konna y la destrucción de los centros logísticos en las afueras de las ciudades del norte permitieron marcar puntos importantes en contra de los muyahidines. Lo más probable es que comiencen una estrategia de guerrilla, se atrincheren en las zonas desérticas del norte y ataquen las líneas de abastecimiento y las vías de comunicación.
La ocupación de la ciudad de Diabali por unos cientos de muyahidines y los combates que tienen lugar allí desde hace varios días eran parte del plan de conquista elaborado antes de la intervención francesa, y es ahora un punto fijo para la mayor parte de la intervención en el norte.
La liberación de la ciudad está en buen camino, pero es difícil medir el alcance verdadero del acontecimiento porque permite a los demás soldados ponerse a cubierto y desplegarse de nuevo, así como reconstituir las fuerzas muyahidines para una lucha de largo aliento. Se puede anunciar que la reconquista de las principales ciudades del Norte (Gao, Tombuctú, Kidal) no significará el fin del conflicto, y aún si Mali logra recuperar su integridad territorial, seguirá siendo uno de los países más pobres y corruptos del planeta.
 Publicado el 28 de enero de 2013