Malí, malestar de África
Javier
Aisa
Marzo
2012
El
golpe de Estado en Malí no tenía futuro tras la condena y el embargo impuestos por los países vecinos de
la Comunidad Económica de Estados del África Occidental (CEDEAO), apoyada por
Francia, antigua potencia colonial. La junta del capitán Sanogo pretendía
contrarrestar la insurrección de los tuaregs. Pero sus milicias han aprovechado
el caos para llegar hasta Tombuctú, encrucijada religiosa, cultural, de las
redes comerciales y de las migraciones que atraviesan el Sáhara. Sin
experiencia, liderazgo y alianzas políticas internas, el directorio militar ha
sido aislado y derrotado. La quiebra del Estado maliense exige unidad y
fortaleza frente a la independencia de Azawad, el “territorio de la
trashumancia”, declarada por los insurgentes tuaregs en la mitad norte del
país.
La
mínima beligerancia del presidente derrocado, Amadou Toumani Touré (ATT) ante
los rebeldes y el narcotráfico y el desvío de los fondos para la guerra figuran
entre las causas del golpe. Sin embargo, esta crisis refleja otros problemas
más profundos de Malí, trasladables a buena parte de África: estados
patrimoniales, militarismo, empobrecimiento e injerencias extranjeras.
ATT
acabó en 1991 con la dictadura de 23 años dirigida por Moussa Traoré. Cambió el
uniforme por el traje de civil y ganó dos elecciones desde 2002. Emprendió
reformas y planes de desarrollo. El multipartidismo sustituyó al partido único.
Pero, al cabo de los años, la “política del consenso” de ATT ha hecho
retroceder la democracia. Nuevas burocracias provocaron clientelismo. Los
pactos fagocitaron a casi toda la clase política y consolidaron un estado
paternalista. Con la excusa de que la construcción nacional requiere
unanimidad, las voces discordantes desaparecieron por la fuerza. La máxima
africana “no puede haber dos caimanes machos en un solo brazo de un río”
se impuso en Malí sobre la tesis de que
la democracia y el buen gobierno exigen una oposición sólida y viva.
Muchas fronteras de África separan
culturas, etnias, clanes y formas de vida. Son el resultado artificial de una
descolonización destinada a crear estados frágiles y dependientes para que las
metrópolis mantuvieran su influencia política y económica. Sucede en Malí,
donde los gobiernos centralizadores de Bamako han marginado a la población
tuareg: problemas de acceso al empleo en la administración; abandono cultural;
juventud sin trabajo; precariedad en las condiciones de vida y escasa
representación institucional. La salida de los tuaregs ha sido proclamar la
ruptura del país.
El principio de inmovilidad de las
fronteras podría variar; dado que los procesos de descolonización obedecieron a
intereses de las potencias occidentales y de las nuevas elites africanas, no
tanto a decisión libre de sus poblaciones. Francia manejó el proyecto de un
Estado sahariano que incluyera Malí, Níger, Chad y el sur de Argelia. Eritrea y
Sudán del Sur son Estados recientes reconocidos internacionalmente. En Somalia,
Puntlandia y Somalilandia van por libre. No obstante, la disgregación de los
actuales países africanos también puede acarrear más conflictos que ventajas:
desplazamientos forzados; violencia; regímenes étnicos y religiosos excluyentes
que nieguen los derechos de ciudadanía de todas las poblaciones en igualdad de
condiciones; dificultades para una integración económica y nuevas dependencias
de potencias más poderosas.
Los
militares africanos son actores principales por su organización jerárquica y el
control de las armas. Desde las independencias hace 51 años ha habido 34 golpes
de Estado en África Occidental. La excusa de salvar la república ha permitido
restaurar autocracias. Son sinónimo de represión de sus pueblos y actúan al
dictado de los líderes de sus clanes. En Malí la oficialidad se hereda y el
reclutamiento busca obtener un trabajo para salir del paro y no a la convicción
de que la tarea de las fuerzas armadas es defensa nacional. La tensión entre
los oficiales de alta graduación con los soldados y los mandos de menor rango
es evidente: ningún comandante, coronel y general se sumaron al golpe.
El
51 % de la población maliense sobrevive con un 1,25 dólares. Sin embargo, Malí
dispone de recursos. Es el primer productor de algodón al sur del Sáhara y 12º
mundial. La agricultura y la ganadería son importantes y el oro representa el
75 % de sus exportaciones. Pero muchos productos se destinan a la exportación
en vez de al comercio local y la autosubsistencia. La devaluación del franco
CFA (final de los 90) obstaculizó la acumulación de capital para invertir en un
desarrollo endógeno. Los ajustes estructurales, exigidos por las instituciones
financieras, liquidaron empresas públicas y subvenciones a los alimentos. Las
compañías extranjeras no reinvierten en Malí sus beneficios. Han completado la
pobreza el hundimiento de los precios del algodón en 2005; la corrupción y el
descenso de las remesas de la emigración por la crisis económica en Europa. A
pesar de todo, destacan iniciativas de cooperación internacional: entre 2008 y
2011, Navarra ha destinado alrededor de 2,3 millones de euros para ocho
proyectos de cuatro ONGds, dedicados a salud, enseñanza e infraestructuras.
La
prioridad de los estados vecinos y de Francia es garantizar la seguridad
regional. El primer paso ha sido pactar con los sublevados y traspasar el poder
al presidente de la Cámara, como señala la Constitución. Se perfila la creación
de una zona de interposición en la frontera
marcada por el levantamiento en el norte de Malí. Habrá que negociar la
independencia de Azawad, aunque es un hecho consumado, difícil de evitar salvo
con otra guerra abierta. La CEDEAO intenta organizar una fuerza de 3.000
soldados para intervenir contra los yihadistas. No es tan sencillo. Faltan
medios, una tradición militar común y dinero. París aseguraría la logística, a
cambio de una base en Malí, pero debe limitar sus exigencias porque peligraría
la vida de sus nacionales secuestrados. Argelia rechaza las injerencias en su
zona de influencia y exige el mando para impedir que esta región se parezca
cada vez más a las zonas tribales afgano-pakistaníes.
El
Sahel aparece ya como un escenario en disputa. Mejor sería que los recursos
para los despliegues armados se destinaran a prevenirlos y a contener la
hambruna que empieza a extenderse por aquellas tierras.
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