¿Intervenir en el Sahel?
Javier
Aisa
Otoño
2012
Sahel significa costa y
nombra al espacio geográfico, del Atlántico al Mar Rojo, que comunica el sur
del Magreb con el África subsahariana. En gran parte desierto y población
esencialmente nómada, fue ruta comercial del norte al sur y de las caravanas de
los reinos africanos hacia el Mediterráneo. Ahora se ha convertido en un
polvorín, devastado además por la sequía. Por el Sahel circulan el 40 % del
tráfico de drogas del mundo; miles de inmigrantes, muchos prácticamente
esclavos; y decenas de grupos extremistas dedicados al contrabando, el
secuestro y el terrorismo. La acción de estas milicias - con denominaciones
referidas a la fe, islam, yihad... como forma de propaganda y principios
retóricos - se extiende por Malí; sur de Argelia; norte de Níger y Nigeria;
Mauritania y hasta Somalia. Su intención es ganar la disputa en el seno del
islam sobre la interpretación del mensaje profético, los textos sagrados, la
ley islámica y su aplicación en la vida diaria. Los yihadistas predican una
soberanía divina omnipresente y totalizadora, a partir de la unicidad de Dios
en su pureza más absoluta, que exige obediencia y sometimiento. Para ellos no
caben las expresiones del islam popular magrebí, tejido de cofradías y
morabitos de la mística sufí, del culto a los santos y del apego a las
costumbres locales, sincréticas con la religión musulmana. La supremacía de
estos radicales ha aumentado por los suministros y fondos procedentes de
algunos países del Golfo, que buscan ampliar su peso económico, comercial y
religioso. Pero, asimismo, porque han logrado penetrar en la religiosidad de
las gentes y controlar sectores de la economía básica regional, mediante una
cuota en todo tipo de tráficos, secuestros y blanqueos de dinero.
El 7 de julio
se reunieron en la capital de Burkina Faso las autoridades de los países de la
Comunidad Económica de los Estados de África del Oeste. Su decisión es
intervenir militarmente en el norte de Malí para contener la amenaza
extremista. Francia prestaría ayuda logística y diplomática. Ahora bien,
ninguna guerra es desinteresada y crea más problemas que soluciones justas. El
gobierno galo pretende recomponer la antigua red Françafrique, un complejo
sistema de relaciones políticas y económicas para obtener mejores contratos en
la explotación de la minería, los hidrocarburos y la distribución de los
recursos agrícolas. La posibilidad de abrir una base militar en el norte de
Malí es una razón más para esta colaboración. Por otro lado, los estados de la
CEDEAO y sus dirigentes aspiran a mayor protagonismo; legitimidad
internacional, cuando muchos son regímenes democráticos sólo de fachada; y, en
definitiva, supervisión del proceso de transición de Malí. Exigen un gobierno
más presidencialista y bloquean acuerdos de pacificación desde la base social y
no entre las elites. Por este motivo, la población y los partidos y
asociaciones malienses están divididos respecto a la intervención. EE.UU. ha
mostrado sus reservas en un momento electoral y de ahorro de gastos militares
en el exterior. Otras dificultades evidentes son la escasa preparación de los
ejércitos de estos países africanos; la falta de medios materiales y económicos
y la ausencia de un proyecto político y de desarrollo globales para toda la
región. Tampoco existe un liderazgo creíble. Esta previsible injerencia armada
crearía más violencia, porque los radicales religiosos han anunciado nuevos
atentados en las capitales de los países que participen y más grupos tuaregs
(Níger) podrían sumarse a la rebelión.
Argelia
es el estado más fuerte en poder económico y militar y en capacidad
diplomática. Contrario a intervenir, ha optado por negociar. Propone una conferencia nacional, que inicie
una dinámica democrática, con gobiernos más representativos e integración real
de las identidades étnicas y la
implicación de todos los actores, especialmente el MNLA tuareg y los radicales
de Ansar Dine. Su intención es que el movimiento tuareg se desligue
completamente de los yihadistas locales y que éstos rompan sus conexiones con
Al Qaeda del Magreb, auténtico enemigo de Argelia. El presidente Buteflika
quiere evitar que una operación armada provoque un caos regional similar al de
Libia y que la presencia de potencias occidentales quiebre la soberanía e
independencia de las instituciones africanas. Los únicos límites en este
proceso son el respeto a la integridad territorial y la renuncia al terrorismo.
La liberación de los empleados consulares en Gao y de los cooperantes confirma
que la opción pacificadora es realista y positiva.
Sin embargo, en el
Sahel asistimos a un riesgo mayor: faltan alimentos para 19 millones de
personas. Esta nueva crisis humanitaria es el resultado de una sequía
insoportable y de cosechas mínimas.
Tiene causas más profundas, provocadas por errores en los modelos de
desarrollo: los gobiernos son incapaces de acumular reservas agrícolas para los
años de escasez; los mercados internacionales incrementan cada vez más los
precios de las semillas y de los productos básicos y la irrigación no se
realiza de forma adecuada. La inseguridad regional por la hegemonía de las
facciones armadas agrava la situación. Por lo tanto, sí que debemos exigir una
intervención pacífica allí. Con un propósito imprescindible: contrarrestar el
hambre que ya comienza a devastar la región
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