explicacion del blog

Este un blog creado por MAD ÁFRICA para analizar el actual conflicto que sufre el pueblo de Malí. Pretendemos dar a conocer a través de diferentes documentos una visión global del conflicto, sus origen y especialmente las repercusiones políticas, económicas y especialmente sociales de esta situación

martes, 29 de enero de 2013


Malí y Argelia entre dos fuegos
Javier Aisa
Enero 2013

Argelia no quería implicarse militarmente en el conflicto de Malí porque defiende que los asuntos de las poblaciones africanas deben solucionarlos los Estados africanos. . Su opción ha sido era impulsar negociaciones políticas y no acciones militares. Muchas veces ha ejercido como mediador entre los nómadas del desierto y el régimen de Malí y, ahora, con los tuaregs del Movimiento del Azawad y de Ansar Dine (yihadistas). Todos los presidentes argelinos han rechazado las ambiciones francesas de establecer más bases militares, especialmente en el Sahel - patio trasero de Argelia – y de controlar los recursos de hidrocarburos y minerales. Los argelinos se sienten orgullosos de su guerra de liberación contra la metrópoli entre 1954 y 1962 y reclama ser protagonista principal en la zona sin que Francia maneje sus asuntos. Francia y Estados Unidos han tachado a Argelia de ambigüedad, de no querer asumir sus responsabilidades como potencia regional, entre ellas blindar los 1.200 kilómetros de su frontera sur.
            Pero las presiones han sido más fuertes que el equilibrio de la administración de Buteflika. El presidente argelino ha cedido, con gran enfado de la oposición. De entrada autorizó que la aviación gala surcara su espacio aéreo. Quizá porque no quiere quedarse sin jugar en la partida desencadenada, que le podría impedir luego ofrecer una solución política si la situación bélica se complica. También, porque en su proceso de reafirmación del Estado y su futuro (la salud de Buteflika no es buena) prefiere no arriesgarse a que Francia y EE.UU. establezcan lazos con los opositores, que reclaman más reformas y libertades.
            No obstante, el límite  entre la paz y la violencia estaba claro: que los grupos yihadistas no actuaran en el interior de Argelia. Para eso contuvo y venciór a los Grupos Salafíes de Predicación y Combate, antecesores de la actual Al Qaeda en el Magreb Islámico. Ahora, la crisis de los rehenes desarrollada en una de sus estratégicas factorías de petróleo y gas le ha estallado en las manos. Su intervención violenta ha demostrado decisión y fuerza. Pero la provocación ha cumplido su propósito: quebrar la política conciliadora de Argelia, con la satisfacción consiguiente de los partidarios de la operación militar de Francia. Los intereses que se desprenden de esta situación pueden ser múltiples y contradictorios, especialmente si el régimen argelino amplía la actuación de su ejército. Quedará apegado a las maniobras de Francia y perderá independencia. Además, conseguirá que se extiendan las protestas en el país por implicarse en una guerra, considerada por buena parte de los argelinos como una nueva aventura neocolonial francesa, que puede incendiar todo el Sahel y afectar a la economía y a las fronteras de toda la región.

En Malí  y en el Sahel, el yihadismo – sea africano o llegado de otros países musulmanes – ha demostrado la naturaleza de esta tendencia religiosa y política. No es una ideología emancipadora, sino más bien profundamente reaccionaria. Instrumentalizan la religión para imponer violentamente una visión dogmática y penalizadora del islam y de la chari'a. Purificadores impíos, son los primeros enemigos del islam auténtico, popular, tradicional, arraigado en símbolos, mezquitas, mausoleos de los santos, peregrinaciones y en las costumbres locales de esta región. Obedecen las predicaciones de imames extremistas y rigoristas, en su intento de tener la hegemonía en el Islam. Están adiestrados en Afganistán e Irak y se financian con los rescates obtenidos de los secuestros, el tráfico de drogas (un impuesto de 30.000 euros a las caravanas) y  a través de varias fundaciones de los emiratos del golfo arábigo y de Pakistán. Estos grupos - que elevan la violencia de un yihad falso a sexto pilar islámico - se benefician del desastroso empobrecimiento de los países del Sahel. De esta manera, reclutan a muchos jóvenes sin trabajo ni recursos, que así logran un botín mensual de 1.000 dólares. Aunque las organizaciones yihadistas proclamen su obligación de luchar contra los infieles extranjeros, tienen la responsabilidad de haber desencadenado la respuesta francesa y participan, al final, de las intenciones estratégicas que tiene esta intervención militar.
            Además de muertos y destrucción de infraestructuras, la guerra genera mucha más pobreza; desplazamientos forzosos; malos tratos sobre todo contra las mujeres y frena la recuperación económica y las reformas políticas en Estados frágiles y rotos como Malí, Níger, Chad, Sudán, Somalia y norte de Nigeria. Refuerzan el autoritarismo y los negocios más sucios de dirigentes, jefes militares y negociantes sin escrúpulos.
            Sin embargo, condenar a los yihadistas y buscar su desaparición, no debería equivaler a estar de acuerdo con la política y la acción militar francesa en la región.

La guerra existe en Malí porque el país padece varias crisis al mismo tiempo, que le han convertido en un escenario descompuesto e inestable. Es un país empobrecido (el lugar 157 de 187 países en el IDH), a pesar de su riqueza agrícola, minera y un potencial enorme en la explotación de hidrocarburos. Los planes de ajuste estructural en los años 90 acarrearon que la economía local de subsistencia, basada en el mercado interno, quedara sometida a modelos exportadores con precios fijados a la baja en los mercados mundiales. Con el despilfarro y la corrupción de los dirigentes -  algunos implicados en el tráfico de droga (de 40 a 80 toneladas) desde el golfo de Guinea - desaparecieron muchos ingresos. Las exigencias de las instituciones internacionales provocaron que el Estado perdiera recursos para apoyar los servicios públicos y evitar el incremento de los productos básicos.
            Las elites políticas se alejaron cada vez más de la mayoría de la población – sin recursos y marginada – y la democratización del Estado resultó ahogada en una “política del consenso”, impuesta por ATT, el presidente derrocado en marzo del año pasado, que obstaculizaba la libertad de opinión y la disidencia. La centralización del Estado tampoco reconoció los derechos sociales y culturales de los tuaregs en el norte, que  protagonizaron varios levantamientos y, en abril de 2012, declararon la independencia de El Azawad, aunque se olvidaron de la diversidad étnica de otros pueblos que viven allí.
            Después de la rebelión de los oficiales de menor graduación, liderados por el capitán Sanogo, contra los generales, el presidente incapaz y los políticos inmorales, los países vecinos agrupados en la CEDEAO decretaron un embargo y frenaron el golpe. El proceso de transición establecido como un acuerdo de todas las fuerzas políticas para lograr unas elecciones libres apenas ha dado resultados. Sanogo decide en los asuntos militares y presiona en los políticos, aunque el ejército está profundamente dividido entre los oficiales de infantería y los paracaidistas y las deserciones representan la tercera parte de los 15.000 efectivos.  El presidente interino Diocounda Traoré, y el primer ministro, Modibo Diarra, obligado a dimitir por los militares y sus afines, no han cumplido las expectativas y atienden más a su imagen internacional que a los problemas de la población maliense.
            Sólo el llamamiento a que Francia actúe contra el enemigo principal que son los yihadistas y para recuperar la integralidad de Malí une a los políticos en el poder y en la oposición y a la mayoría de la población. París y la CEDEAO pretenden legitimar su intervención en este consentimiento, aunque signifique una pérdida de soberanía para Malí y la consolidación de su dependencia exterior.

El presidente francés, Hollande, se desvinculó en una reunión en la capital de Congo, Kinshasa, de las prácticas de la vieja “Françafrique”. Este sistema de relaciones ha sido un conglomerado de influencias y presiones políticas y de beneficios financieros y comerciales, en alianza con los Estados africanos, cuyas autoridades obtenían grandes ganancias, a cambio de ceder soberanía política y económica en favor de la antigua metrópoli francesa. En varias ocasiones declaró su preferencia por una acción militar de tropas de la CEDEAO africana, con mandado de la ONU, y en que el Hexágono sólo ofrecería entrenamiento y apoyo logístico. Entre las palabras y los hechos, el cambio ha sido esencial.
            Hollande ya no aparece como un líder débil e indeciso, sino firme y poderoso. Ha movido sus fichas rápido, antes de que se perdiera en el tiempo la operación conjunta estrictamente continental y no se llevara cabo. Incluso, en términos de competencia, otra de sus intenciones es demostrar a EE.UU., aspirante a situar su Comando para África (Africom) en Malí, que en un país sometido a la órbita gala, únicamente Francia puede disponer de una nueva base, que sumar a las de Gabón, Costa de Marfi, Chad, Centroáfrica, Yibuti...) 
            El delirio de los yihadistas le ha servido en bandeja la justificación que necesitaba para renovar y consolidar su presencia en África, esta vez con la intervención (la 50ª después de las independencias) en una guerra abierta. Que sea imprescindible contrarrestar la violencia yihadista no debe ocultar que la presencia militar directa permite también garantizar los intereses e inversiones de las empresas francesas en la región. Es un planteamiento de la seguridad que agrupa medidas contraterroristas; acceso más conveniente a contratos de explotación de  yacimientos de hidrocarburos y minerales (Touadenni, Tamesna, Iullemeden, Nara, Gao); ventajas en el comercio de materias primas y manejo de la política monetaria de los países de la zona del franco CFA. Nada nuevo, sino la continuación de la arrogante y pesada supremacía de Francia en África.
            En definitiva, la denominación exacta es neocolonialismo y no solidaridad.

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