Malí y Argelia entre dos fuegos
Javier
Aisa
Enero
2013
Argelia
no quería implicarse militarmente en el conflicto de Malí porque defiende que
los asuntos de las poblaciones africanas deben solucionarlos los Estados
africanos. . Su opción ha sido era impulsar negociaciones políticas y no
acciones militares. Muchas veces ha ejercido como mediador entre los nómadas del
desierto y el régimen de Malí y, ahora, con los tuaregs del Movimiento del
Azawad y de Ansar Dine (yihadistas). Todos los presidentes argelinos han
rechazado las ambiciones francesas de establecer más bases militares,
especialmente en el Sahel - patio trasero de Argelia – y de controlar los
recursos de hidrocarburos y minerales. Los argelinos se sienten orgullosos de
su guerra de liberación contra la metrópoli entre 1954 y 1962 y reclama ser
protagonista principal en la zona sin que Francia maneje sus asuntos. Francia y
Estados Unidos han tachado a Argelia de ambigüedad, de no querer asumir sus
responsabilidades como potencia regional, entre ellas blindar los 1.200
kilómetros de su frontera sur.
Pero las presiones han sido más
fuertes que el equilibrio de la administración de Buteflika. El presidente
argelino ha cedido, con gran enfado de la oposición. De entrada autorizó que la
aviación gala surcara su espacio aéreo. Quizá porque no quiere quedarse sin
jugar en la partida desencadenada, que le podría impedir luego ofrecer una
solución política si la situación bélica se complica. También, porque en su
proceso de reafirmación del Estado y su futuro (la salud de Buteflika no es
buena) prefiere no arriesgarse a que Francia y EE.UU. establezcan lazos con los
opositores, que reclaman más reformas y libertades.
No obstante, el límite entre la paz y la violencia estaba claro: que
los grupos yihadistas no actuaran en el interior de Argelia. Para eso contuvo y
venciór a los Grupos Salafíes de Predicación y Combate, antecesores de la
actual Al Qaeda en el Magreb Islámico. Ahora, la crisis de los rehenes
desarrollada en una de sus estratégicas factorías de petróleo y gas le ha
estallado en las manos. Su intervención violenta ha demostrado decisión y
fuerza. Pero la provocación ha cumplido su propósito: quebrar la política
conciliadora de Argelia, con la satisfacción consiguiente de los partidarios de
la operación militar de Francia. Los intereses que se desprenden de esta
situación pueden ser múltiples y contradictorios, especialmente si el régimen
argelino amplía la actuación de su ejército. Quedará apegado a las maniobras de
Francia y perderá independencia. Además, conseguirá que se extiendan las
protestas en el país por implicarse en una guerra, considerada por buena parte
de los argelinos como una nueva aventura neocolonial francesa, que puede
incendiar todo el Sahel y afectar a la economía y a las fronteras de toda la
región.
En
Malí y en el Sahel, el yihadismo – sea
africano o llegado de otros países musulmanes – ha demostrado la naturaleza de
esta tendencia religiosa y política. No es una ideología emancipadora, sino más
bien profundamente reaccionaria. Instrumentalizan la religión para imponer
violentamente una visión dogmática y penalizadora del islam y de la chari'a.
Purificadores impíos, son los primeros enemigos del islam auténtico, popular,
tradicional, arraigado en símbolos, mezquitas, mausoleos de los santos,
peregrinaciones y en las costumbres locales de esta región. Obedecen las
predicaciones de imames extremistas y rigoristas, en su intento de tener la
hegemonía en el Islam. Están adiestrados en Afganistán e Irak y se financian
con los rescates obtenidos de los secuestros, el tráfico de drogas (un impuesto
de 30.000 euros a las caravanas) y a
través de varias fundaciones de los emiratos del golfo arábigo y de Pakistán.
Estos grupos - que elevan la violencia de un yihad falso a sexto pilar islámico
- se benefician del desastroso empobrecimiento de los países del Sahel. De esta
manera, reclutan a muchos jóvenes sin trabajo ni recursos, que así logran un
botín mensual de 1.000 dólares. Aunque las organizaciones yihadistas proclamen
su obligación de luchar contra los infieles extranjeros, tienen la
responsabilidad de haber desencadenado la respuesta francesa y participan, al
final, de las intenciones estratégicas que tiene esta intervención militar.
Además de muertos y destrucción de
infraestructuras, la guerra genera mucha más pobreza; desplazamientos forzosos;
malos tratos sobre todo contra las mujeres y frena la recuperación económica y
las reformas políticas en Estados frágiles y rotos como Malí, Níger, Chad,
Sudán, Somalia y norte de Nigeria. Refuerzan el autoritarismo y los negocios
más sucios de dirigentes, jefes militares y negociantes sin escrúpulos.
Sin
embargo, condenar a los yihadistas y buscar su desaparición, no debería
equivaler a estar de acuerdo con la política y la acción militar francesa en la
región.
La guerra existe en Malí porque el país
padece varias crisis al mismo tiempo, que le han convertido en un escenario
descompuesto e inestable. Es
un país empobrecido (el lugar 157 de 187 países en el IDH), a pesar de su
riqueza agrícola, minera y un potencial enorme en la explotación de
hidrocarburos. Los planes de ajuste estructural en los años 90 acarrearon que
la economía local de subsistencia, basada en el mercado interno, quedara
sometida a modelos exportadores con precios fijados a la baja en los mercados
mundiales. Con el despilfarro y la corrupción de los dirigentes - algunos implicados en el tráfico de droga (de
40 a 80 toneladas) desde el golfo de Guinea - desaparecieron muchos ingresos.
Las exigencias de las instituciones internacionales provocaron que el Estado
perdiera recursos para apoyar los servicios públicos y evitar el incremento de
los productos básicos.
Las elites políticas se alejaron
cada vez más de la mayoría de la población – sin recursos y marginada – y la
democratización del Estado resultó ahogada en una “política del consenso”,
impuesta por ATT, el presidente derrocado en marzo del año pasado, que
obstaculizaba la libertad de opinión y la disidencia. La centralización del
Estado tampoco reconoció los derechos sociales y culturales de los tuaregs en
el norte, que protagonizaron varios
levantamientos y, en abril de 2012, declararon la independencia de El Azawad,
aunque se olvidaron de la diversidad étnica de otros pueblos que viven allí.
Después de la rebelión de los
oficiales de menor graduación, liderados por el capitán Sanogo, contra los
generales, el presidente incapaz y los políticos inmorales, los países vecinos
agrupados en la CEDEAO decretaron un embargo y frenaron el golpe. El proceso de
transición establecido como un acuerdo de todas las fuerzas políticas para
lograr unas elecciones libres apenas ha dado resultados. Sanogo decide en los
asuntos militares y presiona en los políticos, aunque el ejército está
profundamente dividido entre los oficiales de infantería y los paracaidistas y
las deserciones representan la tercera parte de los 15.000 efectivos. El presidente interino Diocounda Traoré, y el
primer ministro, Modibo Diarra, obligado a dimitir por los militares y sus
afines, no han cumplido las expectativas y atienden más a su imagen
internacional que a los problemas de la población maliense.
Sólo el llamamiento a que Francia
actúe contra el enemigo principal que son los yihadistas y para recuperar la
integralidad de Malí une a los políticos en el poder y en la oposición y a la
mayoría de la población. París y la CEDEAO pretenden legitimar su intervención
en este consentimiento, aunque signifique una pérdida de soberanía para Malí y
la consolidación de su dependencia exterior.
El
presidente francés, Hollande, se desvinculó en una reunión en la capital de
Congo, Kinshasa, de las prácticas de la vieja “Françafrique”. Este sistema de
relaciones ha sido un conglomerado de influencias y presiones políticas y de
beneficios financieros y comerciales, en alianza con los Estados africanos,
cuyas autoridades obtenían grandes ganancias, a cambio de ceder soberanía
política y económica en favor de la antigua metrópoli francesa. En varias
ocasiones declaró su preferencia por una acción militar de tropas de la CEDEAO
africana, con mandado de la ONU, y en que el Hexágono sólo ofrecería
entrenamiento y apoyo logístico. Entre las palabras y los hechos, el cambio ha
sido esencial.
Hollande ya
no aparece como un líder débil e indeciso, sino firme y poderoso. Ha movido sus
fichas rápido, antes de que se perdiera en el tiempo la operación conjunta
estrictamente continental y no se llevara cabo. Incluso, en términos de
competencia, otra de sus intenciones es demostrar a EE.UU., aspirante a situar
su Comando para África (Africom) en Malí, que en un país sometido a la órbita
gala, únicamente Francia puede disponer de una nueva base, que sumar a las de
Gabón, Costa de Marfi, Chad, Centroáfrica, Yibuti...)
El delirio
de los yihadistas le ha servido en bandeja la justificación que necesitaba para
renovar y consolidar su presencia en África, esta vez con la intervención (la
50ª después de las independencias) en una guerra abierta. Que sea
imprescindible contrarrestar la violencia yihadista no debe ocultar que la
presencia militar directa permite también garantizar los intereses e
inversiones de las empresas francesas en la región. Es un planteamiento de la
seguridad que agrupa medidas contraterroristas; acceso más conveniente a
contratos de explotación de yacimientos
de hidrocarburos y minerales (Touadenni, Tamesna, Iullemeden, Nara, Gao);
ventajas en el comercio de materias primas y manejo de la política monetaria de
los países de la zona del franco CFA. Nada nuevo, sino la continuación de la
arrogante y pesada supremacía de Francia en África.
En
definitiva, la denominación exacta es neocolonialismo y no solidaridad.
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